¿Qué es un inmigrante?

Estoy en una encrucijada y me pregunto: ¿quién soy yo?, ¿qué somos los inmigrantes?,
¿seremos como aquellos pájaros que veía en el horizonte?

Algunas imágenes …

Hay pájaros que se van a otros países cuando llega el frío porque saben que si no se van, los espera la muerte.

De niña los veía extender sus alas y volar en bandadas hasta perderse en el horizonte semejando pequeños lunares. Me quedaba mirándolos hasta que el cielo se mimetizaba con ellos, pareciendo cada vez más límpido.

Al día siguiente veía a otros más extender sus alas y luego, con la llegada del frío intenso, dejaba de verlos. En la primavera de colinas en flor, sentía sus píos píos y daba la impresión de que cada uno ya tenía asignado su lugar. La naturaleza es sabia y ordenada, cronométrica, mucho más que los humanos, que siempre están atormentados por las dudas.

Cada vez que regreso a mi país natal, Italia, me inunda una maravillosa sensación de plenitud que hace vibrar mi corazón y todo mi ser.

No sé cómo describir este sentimiento: son las caras, los momentos vividos, los sonidos, la música, los olores, las campanas de la iglesia, allí donde mi Nonna no se perdía ninguna mañana la Santa Misa.

¡Qué pena que son unos pocos días! Luego me vuelvo como una flor mustia, abandonando los viejos recuerdos y oteando el horizonte de América, pensando que ya es hora de retornar a mis cosas en este país. Ahora me parece que he perdido mi espacio anterior en mi patria italiana.

Por eso estoy en una encrucijada y me pregunto: ¿quién soy yo?, ¿qué somos los inmigrantes?, ¿seremos como aquellos pájaros que veía en el horizonte?

Cuando estoy en mi tierra natal me levanto por la mañana temprano, camino por la playa desierta, hago unos recorridos interminables, ni yo misma sé qué es lo que busco. Mi mirada se pierde en el espacio, sobre el mar Adriático que tanto amo. Las olas semejan un susurro, llegan lentamente en su interminable entrega igual que el juego de nuestras vidas. Luego, cuando vuelvo a mi familia, a mi cocina, a mi trabajo, a mis amigos acá en la Argentina, me asombro de ser feliz con sólo pisar las veredas, con sólo mirar los árboles, y sí, también descubro que el cielo se asemeja al de mi tierra, me pregunto: “¿Estoy cortada por la mitad?, ¿será cómo amar a dos madres?”.

Hay momentos de mi trabajo, cuando corto pescado, trozos de carne o cabezas de animales —dispuesta y con firmeza en mi tarea—, en que me cuestiono sobresaltada ¿nosotros los inmigrantes seremos algo así como una cabeza de ganado o una cola de pescado? De pronto me estremece percibir el olor a menta, porque en él descubro aquel aroma de la campiña marchigiana.

¡Qué cosa rara somos!

En ciertas ocasiones, cuando veo un camión que transporta ramas de árboles, arbustos o plantas, me paro a mirarlo y pienso:

Somos igual que los árboles; nos tenemos que adaptar a otra tierra, buscar el sol, el viento y amar todo de nuevo para poder florecer.

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