El sueño dorado

Con el pasar del tiempo
vuelve el milagro de la infancia a nuestra mente
rescatando los momentos más felices,
las miradas cariñosas, los diálogos interrumpidos.
Descubrimos cuánto nos amaban.
A veces ni prestábamos atención a tantos momentos
que hoy volvemos a ver maravillosos
y que nos alientan a crecer.

Durante mi infancia, en la mesa, oí hablar de guerras. Mi padre era un gran narrador. Cuando él aún era pequeño sabía toda la historia de la Primera Guerra Mundial. Luego, sin que nadie me la narrara, yo viví la Segunda. Aunque éramos niños, sabíamos que estábamos en una guerra, la creíamos una gran aventura y odiábamos a quienes nos señalaban como nuestros enemigos: a ellos había que matarlos.
Fue una mañana de sol tenue; el mar llegaba a la ribera suspirando.
Recuerdo que yo esperaba el cartero delante de la puerta. Mejor dicho, era una mujer que con su bicicleta llegaba pedaleando. Se llamaba
Chiara. Desde lejos mecía su cabeza y me entregaba la carta, y yo subía de a tres los peldaños de la escalera.
“¡Mamma, Nonna, escribió el tío de la América!”, era mi buena nueva. Hacía cinco años que no teníamos noticias de él. La Nonna se secaba las lágrimas, mi madre, emocionada, leía la carta con voz entrecortada. Yo también tenía ganas de llorar. Era tan feliz en ese momento… y me decía:
“¡Oh, América, mi sueño dorado!”.
Estando aquí, más de una vez se me hace presente un día frío en que, en la chimenea, las lenguas de fuego ardían e iluminaban el rostro de mi madre mientras ella acunaba a mi pequeña hermana. A pesar de los leños que chispeaban, en la cocina había un silencio grave, pesado. Mi Nonna atizaba el fuego. Y en los bellísimos ojos de mi madre vi reflejadas sus lágrimas. Yo estaba callada, me unía a esa tristeza sin saber por qué.
La voz temblorosa de mi madre rompió el silencio: “No sé por qué, mamá, a mí justo me tocó entregarle los bizcochos que había preparado con tanta esperanza a uno de los soldados que volvían de la Grecia”. Su mirada estaba fija en la llama. La Nonna, con voz pausada, exclamó: “Pero, hija,
ése era el tren blanco donde pasan todos los soldados heridos de la guerra. Si vos lo sabías, ¿qué podías esperar, si algunos vuelven ciegos y otros no caminarán más?”. Mi madre prosiguió como si no hubiese escuchado: “Los había preparado ricos, canela, pasas de uva y ese par de huevos que fui a
buscar a lo de Anita”. Mi Nonna acarició su rostro, y mi madre me pareció tan niña…
Yo tenía ganas de darle un beso, de reconfortarla, pero me dio vergüenza. “No te apenes, hija, ésta es la guerra, el odio, el hambre, la muerte.
Hija mía, nada podemos hacer nosotros. Quizás un día el mundo sepa conquistar la paz”, se esperanzaba.
Mi madre, como si despertara, besó a su pequeña y dijo: “Dios quiera que algún día pueda olvidarlo. ¿Sabes, mamá? Yo estaba en la ventanilla del tren entregando mi paquete; el soldado era joven y de facciones hermosas, yo le sonreí, él me miró fijamente con honda angustia, inclinó su cabeza y con la boca recibió mis bizcochos”. Mi madre rompió en un sollozo repitiendo:
“Mamma mía, él no tenía las manos. ¡No entiendo qué es la guerra!”.
No sé por qué tantas veces esto me vuelve a la mente. Este recuerdo se despertó en mí con la Guerra de las Malvinas.
Ver esos rostros de jóvenes con sus armas al hombro que ignoraban totalmente su destino y partían confiados, esperanzados en volver. Siempre
ese tren blanco me persiguió. No encuentro el motivo, pero lo he relacionado con las largas colas de hijos y nietos de inmigrantes que se van de esta América de mi sueño dorado, del sueño de mi niñez. ¡Qué encrucijada es ésta! En un país donde podría reinar la paz tenemos nuestra propia guerra. Los sueños y las manos de nuestros hijos sembrarán el futuro de otras tierras.

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