Cómo pasaron los años

La curiosidad es la especia
que sazona la vida.

Nací en Roma en 1934. En 1938 tenía tres años y medio y mis padres aún vivían en esa ciudad. El 6 de mayo de ese mismo año se encontraron Hitler y Mussolini. Eran los tiempos en que bullían frenéticos el nazismo y el fascismo.
Entretanto, en Argentina se firmó el pacto de paz entre Bolivia y Perú. Pensando y remontándome en los tiempos, veo que siempre los seres humanos nos hemos matado. Somos mitad lobos y mitad ovejas, todos los hombres, en todas las épocas, con sus grandes discursos de porvenir, de paz, de prosperidad; sin embargo, los resultados fueron invariablemente las incontable  lágrimas sembradas en el pecho de muchas familias.
De niña era muy curiosa. Cuando aparecía en las habitaciones, inmediatamente me echaban porque decían que no podía escuchar lo que se hablaba ya que eran cosas de grandes; tosían, hacían silencio hasta que –de mal modo– me ponían fuera, del otro lado de la puerta. Como por entonces ya hablaba mucho mejor el italiano, a pesar de mi dialecto marchigiano, con desesperación buscaba oír nuevas palabras para enriquecer mi vocabulario. Me gustaban las que sonaban bonitas a mis oídos y daba la casualidad de que eran las que salían de la boca de los mayores.
Recuerdo que una vez entré corriendo en la cocina mientras mi Nonna aventaba el fuego de la hornilla con una pantalla de plumas negras.
El carbón ya estaba rojo y yo, haciéndome la importante, me paré frente a ella y con voz firme le dije: “Nonna, la María está encinta”. No terminé de decirlo cuando recibí un sopapo como un cañonazo. La mejilla me quedó colorada por un par de días. ¡La mano de mi Nonna era dura como un zapato! Encrespada y furibunda, me dijo: “No sea maleducada, ésas no son frases para que diga una niña”. Con esa manía que tenía de buscar vocablos nuevos y altisonantes, recibía continuamente unos buenos sopapos y
siempre la reprimenda era: “¡Ésas son palabras de gente mayor!”.
A los que nacimos en las décadas del ’20 y el ´30, hasta diría hacia el fin de la guerra, nos tocó un tiempo de enormes cambios, mucho más rápidos y descomunales que los que pasaron nuestros mayores.
Repensando este tiempo vivido, me parece que quizá fuimos las mujeres quienes en nuestro interior no queríamos sentirnos más vigiladas.

Nos molestaba, cuando estábamos de novias, tener de chaperones o acompañantes al hermano o la hermana más pequeña, o la prima, siempre con el sonsonete de “cuidado con el honor”. Recuerdo que si ya eran las siete de la tarde y pedía ir a ver a una amiga, aunque fuese en la misma cuadra, alguien de la familia iba a buscarme a la hora. Fueron duros para nosotras esos tiempos: todo era “no”. Luego, a nuestros hijos, para hacerlos
felices y no sentirnos culpables, les decíamos continuamente: “Sí, hijo. Sí, hijo”.
Ya en Argentina, recuerdo que para Pascuas o cualquier otro día festivo, en el restaurante siempre recibíamos pedidos de mesas grandes. Era una constante que justo a la una menos cuarto aparecieran los primeros dos viejitos con el objetivo de ocupar la reserva. Más tarde entraba otro
matrimonio. Los primeros viejitos eran muy callados y tenían una expresión de resignación; los otros, por el contrario, parloteaban mientras fijaban sus miradas en la puerta a la espera de sus hijos.
A eso de las dos de la tarde, aparecía una banda de jóvenes con los pelos chorreando y los ojos aún pegados, y se iniciaba la ceremonia del almuerzo; al terminar, apresuradamente besaban a todos y partían como llegaron.
Pienso en historias como éstas y siento que hoy no nos damos tiempo para que las familias se encuentren y se entiendan.
Hoy miramos asombrados los matrimonios que no naufragan.
Antes no había cambios, pasara lo que pasara.
Era como saborear el mismo plato de comida todos los días. A nosotros, los de las generaciones previas, nos cuesta comprender lo que esperan las
actuales.
Recuerdo cuando una de mis nietas me preguntó: “¿Tu papá te quería?, ¿tu mamá se volvió a casar?”. No entendí lo que la niña me quería decir.
Le respondí: “Sí, creo que me quería, pero de otra manera… no sé. Nos prometía cosas que luego olvidaba y a nosotros nos daba vergüenza volver a pedírselas”. Preocupada, la miré y le pregunté: “¿Vos extrañás a tu papá, que ya no está en casa contigo?”. La niña dijo: “Sí, Nonna, pero todas las noches me llama por teléfono”.
A mí se me estrujó el corazón y le pregunté: “¿Vos querés mucho a tu nueva hermanita?”. Y ella, levantando su mirada, me dijo: “Sí, Nonna,
la quiero muchísimo. Ella me quiere mucho porque la llevo a pasear en cochecito”. La estreché entre mis brazos y, a pesar de mi pena, sonreí y
pensé: “¡Gracias a Dios! A ellos les es más fácil entender estas cosas. Me parece que aman mejor que nosotros”.

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